Una de las maravillas que ha logrado descubrir este servidor a medida que lee y vuelve a leer la obra maestra “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez, es su gran parecido con toda la historia de nuestro continente suramericano desde la época del descubrimiento hasta nuestros días de transculturización con el primer mundo.

La llegada al lugar donde posteriormente se funda Macondo, de José Arcadio Buendía junto a Ursula Iguarán y unos cuantos pobladores que habían recorrido la ciénaga en busca de su tierra prometida es el inicio de un nuevo mundo de fantasía y de contacto con el exterior, nuevos “descubrimientos” de los inventos que llegan de la mano de los gitanos: La lupa, el imán, el hielo y la alquimia, son tan solo la primera etapa de esta colonización.

Unos cuantos años después, y en el apogeo de su vida, José Arcadio Buendía decide extender el territorio de Macondo y tomar un grupo de hombres para buscar ciudades vecinas a través de la ciénaga pero le resulta infructuoso, pero aún así siembra el precedente para futuras exploraciones en miras a un desarrollo del pueblo.

Mientras que José Arcadio es el alma y el empuje de Macondo, Ursula Iguarán resulta ser la conciencia y la memoria, recordando cada momento de la vida de cada uno de los personajes y argumentando que “la vida se desarrolla en círculos”, lo que inevitablemente nos lleva a la situación de América Latina, donde parece ser que la gente no tiene recuerdos ni memoria y cada cierto tiempo comete los mismos errores que antes, sobre todo cuando se habla de elegir a sus gobernantes, pero ese es otro tema.

Irremediablemente al hablar de Macondo y la historia latinoamericana, se debe nombrar al Coronel Aureliano Buendía, quien desde el punto de vista de quien escribe esto, es la personificación de Bolívar en manos del Gabo. El Coronel fue el guerrero insigne de Cien Años de Soledad, ese que dejó desperdigados 17 hijos por toda Colombia, salió ileso de varios intentos de asesinato y de un pelotón de fusilamiento, luchó aguerridamente por liberar a la patria de las manos de los federales y murió en la pobreza extrema de sus aposentos fabricando pescaditos de oro mientras observaba como su proyecto de libertad se debatía en las manos de unos cuantos burócratas que llevaban a la nación a la ruina total, tal como le sucedió al Libertador Bolívar en Santa Marta.

En Macondo también existe esa atmósfera mítica y fantasiosa de cada uno de los pueblos de Latinoamérica, sobre todo los de la cordillera andina, donde personajes creados a partir de la memoria oral de sus pobladores pueden hacer cosas maravillosas. Mujeres que suben a los cielos en cuerpo y alma, sacerdotes que logran levitar, hilos de sangre que salen de un cadáver y recorren todo un pueblo para darle una señal a la madre del difunto y el famoso entierro u olla de monedas de oro escondidas en el medio de un solar, que generalmente existe en la tradición de cada una de esas ciudades de América Latina.

El “aparente” desarrollo de Macondo, llega de la mano de la compañía bananera, una suerte de industria que se vale de todos los recursos para explotar el banano y llevar al pueblo no solo las nuevas tecnologías sino una serie de costumbres a las que no estaban adaptados los pobladores, por lo que de manera general resulta contraproducente el intercambio de conocimientos, porque mientras la compañía se lleva todo el fruto de la tierra, en Macondo solo queda destrucción, desolación, una suerte de matanza que los medios de comunicación y el gobierno encubre y sobre todo malas influencias en los habitantes de Macondo, quienes al parecer ya forman parte de otra generación, olvidándose de sus raíces y de la época de José Arcadio Buendía.

Aunque muchos seguramente pensaron al leer el libro que la llegada de la compañía bananera representaría el definitivo desarrollo de Macondo, no fue así y como sucedió también en Latinoamérica, la decadencia del pueblo se acentuó, la memoria quedó borrada y sus pobladores entraron en un proceso de vivir el día a día esperando que las cosas pasaran por si solas, lo que provocó un progresivo deterioro que finalmente convirtió al viejo Macondo en una nube de polvo que se borró de la existencia del mundo, lo que inevitablemente le sucederá a cada uno de los que habitamos en el planeta, desapareceremos de la faz de la tierra para cumplir con ese designio bíblico: “polvo eres y en polvo te convertirás…”