Caminaba a través de las largas lenguas de asfalto de esa gigantesca ciudad, a la que algunos llamaban la “ciudad de la furia”, asediado no sólo por sus pensamientos, sino por las millones de caras de personas que veía diariamente y las cornetas de los conductores impacientes por llegar a su destino que realmente era incierto.

Aquel hombre no encontraba un lugar al cual pertenecer, día a día se desplazaba hasta su trabajo, saludaba al mismo vigilante sin nombre que cuidaba el pequeño edificio de oficinas, subía por cualquiera de las dos escaleras hasta el segundo piso, para luego caminar a través de un largo pasillo donde había una vitrina y tras de ella un traje de baño morado con el que fantaseaba e imaginaba a su novia y al final todo se desvanecía al entrar a su “hogar” de los últimos años.

Saludaba secamente a sus compañeros de trabajo con gestos falsos, colocaba su maletín en el piso y se sentaba en la incómoda silla para calentarla por las siguientes seis horas. Tapaba sus orejas con los audífonos y comenzaba a escuchar y leer noticias, en su mayoría trágicas, de distintas fuentes para transmitirlas a la gente. Así pasaba su jornada y al final del día se sentía vació y regresaba a su casa para tratar de descansar un poco, dormir y al amanecer repetir lo mismo.

Los amaneceres se iban acumulando sobre sus hombros y la rutina se iba haciendo cada vez más pesada, conocía gente diferente todos los días pero aun así no se sentía satisfecho, algo le faltaba.
Una mañana, mientras caminaba a su “hogar”, decidió hacer algo diferente y radical, eso que estaba pensando desde meses atrás pero que no se atrevía a comentar con más nadie. Cambió su curso y se dirigió a uno de los edificios más altos de la ciudad y al llegar trató de confundirse con el resto de las personas que estaban allí, pasó la seguridad y entró en el ascensor, marcó el último piso y observaba los números pasar y desaparecer rápidamente.

Al abrirse las puertas, miró a los lados y caminó lentamente a las escaleras de emergencia, subió los 20 escalones que lo separaban de la azotea, llegó al techo del edificio y hacía un sol resplandeciente, un cielo azul y algunas nubes moteaban el ambiente. Para no perder la costumbre tiró el maletín en el suelo y fue directo a la calzada, miró hacia abajo y una ráfaga rápida de viento le golpeó la cara mientras trataba de divisar a la ciudad desde 40 pisos de altura.

Casi arrodillado divisaba a las hormigas de un hormiguero infinito que sin parar trabajaban para alimentar sus egos, sus carteras pero sin lograr ser felices, los carros parecían de juguete, de cierto modo todo tenía un orden coordinado como de un danzar capitalino. Continuó mirando para dominar su vértigo y el poder del viento, se levantó y con los brazos abiertos hacia el horizonte pensó que aquello era todo.

Observaba como las aves pasaban planeando frente a él, algunas veces una corneta de algún conductor apasionado llegaba a sus oídos de manera suave y poco a poco todo fue desvaneciéndose. El hombre comenzó a caer, mientras sentía mucho más rápido la presión del viento, las hormigas iban acercándose a sus ojos, el suelo se acercaba como con un zoom, cada vez más grande, daba vueltas y se tornaba borroso, pensó en todas las personas que conocía, hasta que sintió una punzada en el corazón y sólo pudo decir, ¡Lo logré!.