Ella tenía una vida monótona, amparada tan solo por las caricias y los guiños que le brindaba la soledad de cada uno de sus días, que transcurrían uno tras otro sin cesar, como las olas del mar que vienen y van sin parar.

Una de las tantas noches solitarias de su rutina, estaba terminado de rellenar unos cuantos documentos en su oficina vacía, ya todos se habían marchado y como nadie la esperaba en casa decidió alargar su jornada laboral.

Mientras trabajaba en su computadora, se topó con aquellas cartas de amor clandestino que intercambiaba con un amante del pasado, donde se profesaban amor incondicional, caricias que ambos sabían que jamás se darían, y encuentros sexuales narrados con tal realismo que les era imposible no erizarse hasta el ultimo centímetro de piel de sus cuerpos.

A pesar que los documentos estaban abiertos y a medio terminar, decidió leer uno de aquellos idilios carnales que su amor platónico narraba, no sin antes ponerse cómoda y aprovechar el ambiente nocturno del edificio de oficinas apiñadas. Se descalzó para estirar sus pies, desabrochó un poco su blusa y se reclinó en la silla para así dejarse llevar por las letras de su amante.

Mientras leía aquellas palabras, sus manos comenzaron a danzar por su cuerpo solitario y deseoso de ser tocado, al compás del texto y su respiración, lentamente terminó de desabrochar su blusa para dejar en libertad unos senos bien torneados y completamente rebeldes a la gravedad, señales de un buen estado físico y de estar en la flor de su vida.

"Mi lengua recorre deseoso cada rincón de tu pecho mientras me ves directamente a los ojos", decía aquel texto, por lo que sus dedos se mojaban entre su boca para recrear aquella escena del relato que tanto le gustaba; recorría en círculos sus senos y los apretaba con pasión, imaginando las manos de su amante, mientras ya en el fulgor de los latidos de su corazón, comenzaba a mencionar aquel nombre que tenía meses sin pronunciar en voz alta.

Ya estaba fuera de control, y participaba en una danza llena de parsimonia, donde su cuerpo era el diapasón de una guitarra y sus manos lo recorrían para tocar grandes notas de placer. Dejó a un lado el relato, y buscó fotos prohibidas que pensaba olvidadas, las contempló y su cuerpo estaba allí, desnudo y con unas maravillosas curvas al contraluz.

Su falda, que al principio había sido desabrochada, ya se encontraba en el piso, sus piernas bien torneadas estaban entreabiertas con los pies sobre el escritorio y su ropa interior con encajes negros estaban al nivel de sus rodillas, a medio terminar como le gustaba a su amante.

"Me encantaría verte tocar tu fuente de placer, mientras tus labios rosados pronuncian mi nombre", haciendo lo propio, dejó recorrer su vientre por sus manos ávidas de dar caricias, jugueteó con su ombligo y una sonrisa cómplice y picara rompió el silencio nocturno; continuó bajando y lo encontró, - jamás te expliqué como hacerlo -, pensó.

Continuaron los pequeños golpes, los círculos danzantes de placer, unos dedos juguetones que recorrían lugares prohibidos y todos aquellos ritos, hasta que la silla de aquel lugar de trabajo quedó empapada de sudor y de lo que aquel cuerpo femenino le brindaba a un amante imaginario...

¡¡Quisiera que estuvieras aquí!!, susurró mientras una lágrima corría por sus mejillas y su cuerpo quedaba a merced de un infinito letargo...