Al quedarme observando fijamente mi reflejo en el espejo, pierdo conciencia de quién soy y no reconozco mi rostro, incluso puede llegar a inspirarme miedo esa persona que veo.

Sus ojos negros están vacíos, son unas ventanas a un océano profundo e infinito, donde coexisten miles de cosas, entre ellas: soberbia, orgullo, odio, remordimiento, arrepentimiento, amor, pasión, resentimiento, cariño, soledad, deseo, locura, fantasía, culpa, todo encerrado en una cárcel compitiendo por salir.

Pero no sólo los ojos, son las marcas del pasar de los años, una cara desgastada como una obra de la naturaleza expuesta a la lluvia de las lágrimas, a la tensión de los músculos por la risa de las alegrías del pasado, a los vestigios de una adolescencia llena de cambios y marcas que genéticamente están allí para recordar el parentesco familiar.

Ese ente reflejado parece estar suspendido en ese momento, deseando salir para tomar mi lugar en el mundo, juzgándome por los errores cometidos, buscando maneras de recriminarme la falta de decisión y convertir sueños en hechos.

No puedo verlo por mucho tiempo, porque toma control de mi como un demonio, por eso regreso a mi realidad, me olvido de ese espejo y dejo allí encerrado a mi otro yo, esperando por el momento perfecto para escapar de su prisión.