Aquel anciano que estaba sentado en la plaza del pueblo alimentando a los pájaros, se acercó a mi asiento porque, como me diría después, me había visto cabizbajo.

Me explicó que en el siglo XXI ya los jóvenes no pensaban igual del amor, el concepto de "felices juntos por siempre" había sido cambiado por "soy feliz sólo", que la pareja quedaba reducida a la individualidad o en su defecto a amar el reflejo que proyectaba un espejo.

Para el anciano, que seguía alimentando a las aves mientras hablaba, las jóvenes cambiaban su cuerpo en un quirófano para sentirse realmente bien, atraer las miradas "carnívoras" del sexo opuesto o simplemente saciar una inconformidad creciente con lo que veían que eran.

En la otra cara de la moneda veía a los muchachos que se habían convertido en unos adoradores de sus músculos, en una constante carrera en un gimnasio por hacerlos crecer mas. Observaban a las mujeres como pedazos de carne y si conseguían llevarlas la cama, se preocupaban por satisfacerse ellos mismos y no indagaban en lo que quería la chica.

Al notar mi estilo desgarbado, común, corriente y que mi cuerpo no daba indicios de haber pisado un gimnasio jamás, el anciano me dio a entender que yo parecía chapado a la antigua, que no pertenecía a la juventud actual y que siguiera así, porque en definitiva, el verdadero amor logrará fijarse en mi ser interior que en lo que pueda llegar a mostrar por fuera.