“El Mesías del pueblo” como se hacía llamar, nuevamente estaba dando un discurso a través de todos los medios del país para informar de la llegada de 30 barcos cargueros repletos de comida procedentes de Rusia y Cuba, dos vestigios de un comunismo que sólo estaba en la mente de un barbudo inmortalizado por el Gobierno revolucionario de la tierra del Mesías.

Esa situación se repetía cada mes desde hace tres años, cuando sin mediar palabras se expropió una empresa que los venezolanos usaban “Para Olvidar Los Amargos Ratos” y llenar sus neveras de todo tipo de alimentos. “El Mesías del pueblo” alegó que los monopolios no se iban a permitir, porque se especulaba y los más ricos se adueñaban de espacios en distintas zonas del país que bien podían servir para construir casas para los más necesitados.

Al primer año de esa decisión las maquinas trabajaron en los terrenos que ahora eran del pueblo, tumbaron los galpones y sólo dejaron como un recuerdo para la gente algunos dibujos de un oso blanco orgulloso, y si todo continuaba así, pronto las casas estarían en pie. Después de esto, en los días sucesivos nada ocurrió, la superficie baldía se fue llenando de basura, escombros y alguna que otra choza mal construida con una bandera roja en el techo indicando que efectivamente, los ideales de el Mesías estaban allí pero las casas prometidas eran simples ilusiones basadas en demagogia.

Los hogares de ilusión se fueron multiplicando alrededor de todas las zonas que el Gobierno fue expropiando de una manera viciosa, sin razón y sistemática. Los pobladores de esas viviendas improvisadas pasaron a ser los llamados “Dueños de terrenos expropiados”, formaron pueblos enteros que semejaban a los campos de refugiados africanos, donde vivían, comían y escuchaban las promesas de el Mesías.

A medida que pasó el tiempo todo fue tornándose en un recuerdo de una ciudad sin memoria y en algunas oportunidades los niños llegaban a preguntar, ¿Qué significaba el oso blanco en algunas paredes de sus casas? y nadie les supo contestar porque el Mesías lo había borrado para siempre del recuerdo popular.