Sus pies desnudos temblaban al borde de la silla esperando por dar ese paso decisivo. Una gota de sudor corría por el canal que formaba la columna vertebral de la espalda, los músculos estaban tensos y el calor de la noche solitaria estaba comenzando a aumentar.

La oscuridad del cuarto no le permitía ver nada de lo que estaba alrededor, pero gracias a su memoria sabía dónde estaba cada cosa.

La mesita de noche pegada a la pared cerca de la puerta, una cama desordenada llena de ropa, la radio descompuesta en el suelo, un escritorio con varios de sus escritos encima y una silla, la que ahora estaba a sus pies sosteniéndolo a la vida.

Pensó en todos los momentos de su vida, recordó aquella vez en que se quedó llorando en la guardería cuando lo dejaron sus padres, también sintió el dolor de su primera golpiza de adolescentes, sus labios le regalaron el dulzor de su primer beso, y allí quiso parar de recordar.

Con sus manos acarició la cuerda, la tensó un poco para ver si estaba bien ajustada al techo, la revisó alrededor de su cuello como si fuera una corbata de algún traje en especial y en ese momento entendió que todo estaba listo para el paso final.

Sus pies comenzaron a moverse hasta que la silla se volcó, la cuerda comenzó a ejercer presión alrededor de su tráquea, en un acto reflejo las piernas comenzaron a patear al aire, sus manos – muy contrario a lo que se pensaría -, estaban a los lados del cuerpo sin buscar desatar la soga que poco a poco ahorcaban a su vida y sus ojos fijos en la oscuridad infinita.

Unos 5 minutos después, los recuerdos se habían ido, el frío sepulcral se había adueñado del lugar y el cuerpo estaba colgando semejando a un monigote, el paso final había sido un éxito, ya no quedaba ningún signo de vida en aquella habitación.