La capital venezolana está en franco deterioro. Caracas, la sexta ciudad de América Latina más poblada, con al menos 5 millones de habitantes, ya no es la misma de hace seis años atrás.

Al contrario de lo que señalan los organismos del Estado al afirmar que la pobreza ha disminuido durante el gobierno de Hugo Chávez, se hace fácil comprobar que estas cifras no son reales. En los alrededores de la ciudad han ido creándose, prácticamente, nuevas ciudades alzadas gracias al zinc, los bloques y las ganas de muchas personas que no tienen un lugar donde vivir.

Es impresionante ver como un rancherío de unas pocas casas, se ha convertido en poco tiempo en una suerte de ciudad a orillas de una importante vía de comunicación, ejemplo de ello es la llamada "Ciudad Tablita", ubicada en un terreno al lado de la autopista que conecta la ciudad satélite Guarenas con Caracas.

Las laderas de las montañas también evidencian este progresivo aumento de hogares que cuentan con cuatro paredes, un techo, pero con escasos servicios básicos y el peligro de colapsar ante una fuerte lluvia.

Pero no solo esta situación deja entrever el deterioro de la metrópoli, también es difícil hacerse de la vista gorda ante la falta de vida que reflejan las calles en las noches. Ya quedó atrás la época en que una larga avenida se iluminaba por un sin número de pancartas de todo tipo, algunas que se convirtieron en iconos de una generación como aquella valla publicitaria de la crema Nivea.

Ahora se observa es la penumbra que acecha a los conductores nocturnos, al más puro estilo de una tira cómica. Otro detalle a favor de esta sensación de oscuridad es la inseguridad, un problema que de acuerdo a informaciones extraoficiales provocó que por lo menos 500 cadáveres fueran ingresados a la Morgue.

Sin duda, ya Caracas no es ni la sombra de lo que era antes. Los que habitamos en ella nos hemos acostumbrado a una ciudad negra, dejada en las manos de los avatares del destino y de lo que decidan sus gobernantes.