Carolina tenía viviendo en la gran ciudad unos seis meses. Las cosas le estaban saliendo como ella quería, sin embargo, aún existía un vacío que no lograba llenar. La vida que había reservado y comprado, sin duda, se estaba tornando “un poco más interesante”.

Esa noche, como todos los otros días al retornar del trabajo, llegó a su piso. Al salir del ascensor, notó que en la puerta de su apartamento estaba pegado un pedazo de papel que no lograba distinguir por la oscuridad.

Al acercarse la sorpresa la invadió, en la imagen estaba ella en el asiento trasero de un carro junto a dos niñas que no veía desde años atrás. No supo si esbozar una sonrisa o dejar que un hilo de terror la recorriera. Quitó la foto para buscar las llaves en su cartera, pero no tuvo necesidad de ello, la cerradura estaba a medio abrir.

En ese momento cierto dejo de miedo la invadió. Atravesó el pasillo principal de su casa lentamente, la luz de las lámparas le dieron tranquilidad y calma, todo estaba en orden. Se dedicó a relajarse, observó de nuevo la foto de la puerta y fue a la nevera a buscar un vaso de agua.

Nuevamente, un golpe de lo inesperado la atravesó, pegado en el fondo metálico del refrigerador, estaba un pequeño porta retrato y dentro de él, la imagen de Carolina jugueteando con la escultura de un perro en un museo de Caracas.

Un tsunami de recuerdos invadió su mente. Una época amarga pero también feliz se resumía en esas dos instantáneas que habían aparecido por arte de magia en su apartamento. Tomó agua y fue a su cuarto para darse una ducha, relajarse y tal vez, pensar en aquel chico que se negaba a ver pero también a olvidar.

La luz blanca inundó la habitación. Caminó hacia el closet para descalzarse y ponerse algo cómodo. No había mirado su cama, aún no quería dejarse dominar por el sueño, pero no estaba mal si se acostaba para mirar un poco de tv.

Al voltear al sofá cama, sobre la almohada, otra chispa de recuerdos. Esa foto sí logró que sus ojos se pusieran vidriosos por Alberto. Él y ella, en una imagen de foto estudio. Carolina con un vestido rojo, una pollina recién hecha y una gigantesca sonrisa, su acompañante tenía una camisa a rayas, el cabello arreglado por un estilista y una sonrisa a medias, no porque no estuviera feliz sino porque a veces era tímido.

Después de haberse tranquilizado y alejar los malos pensamientos, fue al baño a lavarse la cara y quitarse el maquillaje. Sobre el lavabo, otra instantánea y una carta. La foto no se veía muy bien, ella cepillándose los dientes con una mueca un poco graciosa.

Ya el pasado de momentos felices la había invadido. Decidió abrir la carta, que por supuesto era de él:

…”Espero que después de sentir que invadí tu apartamento, no tengas miedo, tampoco culpes al portero que me permitió entrar, seguramente ya está tomándose algo con el dinero que le di. Todas estas fotos las tenía guardadas para un momento especial, y creo que no hay algo más especial que diciembre. Prometí que te acompañaría en tus primeras navidades en otro país, así que aquí estoy.

Mi dirección está al reverso de esta carta. Estaré esperándote por si quieres hablar de esta pequeña sorpresa y de otras cosas que traje para regalarte. Si no te decides lo entenderé, solo te deseo Feliz Navidad…”