Su cara denotaba desesperación. Minutos atrás había llegado a casa, la ropa destilaba sudor y su cuerpo reflejaba el resultado del cansancio que parecía nunca acabar.

Unas horas antes estaba caminando por la ciudad, la recorría casi entera para recordar y terminar con un sufrimiento que lo mantenía anclado al pasado.

La caminata no surtió efecto, así que al arribar a su hogar, sintió la necesidad de recordar. Hurgando en sus gavetas, computadora, cocina y cualquier lugar trataba de encontrarla. Con la habilidad del desesperado, como un drogadicto en la búsqueda de unos cuantos gramos de cocaína para aspirar, revisaba cada rincón sin poder hallarla.

Al final decidió pasar a su habitación, el lugar donde todo tuvo comienzo y por una jugarreta del destino, también tuvo su final.

Tras cruzar la puerta del cuarto, la vio. Ella empuñaba un arma; con una mirada perdida, certera, le estaba apuntando directamente al pecho. Él reconoció el revolver calibre .38 que guardaba en una caja secreta.

No se movió. Pensando que era una ilusión, restregaba sus ojos, pero allí estaba su chica, buscando venganza que también calmara su dolor. Él solo pudo exclamar: ¡Quiero pedirte...!

Un disparo ahogado no le dejó terminar de pronunciar las palabras. La ilusión de aquella mujer a la que tanto daño le había hecho se desvanecía y en el aire se lograba escuchar la voz de la chica completando aquella frase.

Días después encontraron el cadáver del hombre. Tenía el revolver en su mano, una herida de bala le perforaba la sien y a sus pies una carta que finalizaba con seis letras capitales subrayadas con afán y sin descanso.

!PERDÓN!