Hace mucho tiempo escuché en un capitulo de una serie de televisión, que existe una teoría que argumenta que cada ser humano tiene su doble en algún lugar del planeta, es decir, una especie de clon que lleva otra vida muy diferente a la que lleva el sujeto original.

Basado en estas suposiciones he soñado infinitas veces que en otra parte de este mundo están viviendo un romance idílico otra tú y otro yo, dos chicos entusiasmados por un amor que parece nunca acabar ni extinguirse.

Dos almas unidas por una atracción que les permite despertar juntos día tras día. Él le lleva el desayuno a la cama, mientras ve que los pequeños ojos negros de su chica despiertan ante el milagro del amanecer. Ella habla hasta por los codos de cosas, algunas sin sentido y otras que parecen sacadas de un mundo perfecto.

Ambos están, mientras yo escribo, caminando tomados de la mano por una gran ciudad. Ella juguetea con el cabello de él, lo besa como una niña juguetona y ríe ante la posibilidad que les regaló el destino de tener una vida sin igual.

Los veo almorzando en un pequeño café mientras conversan de lo que ocurre en el mundo, ambos sonríen y piensan que son tal para cual. Se abrazan, se miran, se lanzan miradas furtivas y son felices.

Hacen el amor todas las noches, a veces más de dos veces al día, trabajan, comparten con sus amigos, escuchan música y llevan un vida de película, se sienten de verdad con la capacidad de morir juntos en la vejez.

Eso está ocurriendo en estos momentos en algún lugar del planeta, mientras que tú y yo estamos separados por jugadas que no supimos cómo dominar y que nos arrebataron la posibilidad de ser, efectivamente, los dos seres más felices que pudieron haber pisado la tierra.