Infierno

Una mesa desvencijada, varios cuadros de Miró en las paredes y una silla en el medio de la sala era lo único que quedaba de un pasado lejano en ese apartamento.

El verdugo que había vivido allí toda su vida, estaba apoyado de la pared, observando a la chica que estaba atada a la silla, dormida y con los ojos vendados.

Al despertar, ella emitió un ligero murmullo y trató de moverse, el alambre de púas que tenía alrededor de las muñecas y tobillos no se lo permitieron, por lo que un grito inundó el lugar.

Sin hablar, el verdugo se le acercó, sintió su aroma a flores de jardín y tenía deseos de besarla, pero se contuvo, no podía dejarse llevar por el amor. La chica sentía a aquel individuo que la escudriñaba y aún no entendía por qué estaba allí.

Un minuto después, sintió un arañazo en uno de sus brazos y gritó, sin obtener respuesta alguna. Un dolor sistemático la invadió, poco a poco el desconocido le estaba quitando trozos de piel con una precisión quirúrgica.

Luego de la tortura, el hombre decidió acabar con ella lentamente. Un bidón de gasolina sería su solución, retiró la tapa y roció a la chica con todo su contenido.

Ella temía lo peor, una muerte lenta y dolorosa se avecinaba sobre ella. El roce de una cerilla al ser encendida, la hicieron gritar y un intenso dolor la invadió. Las llamas se apoderaban de su cuerpo, el infierno la estaba recibiendo.

El olor a carne chamuscada, los alaridos y movimientos desesperados de la chica, eran vistos por él como si se tratara de una obra de teatro, aunque por un momento dudó, sintió la necesidad de tomar su pistola y evitarle dolor, sin embargo no lo hizo.

Al final, cuando ya la vida se había extinguido en esa silla, el verdugo se fue y cerró la puerta tras de si, esperando que las llamas consumieran todo los restos de su antigua vida.