Shmuel y Amir eran amigos desde que tenían uso de conciencia, y se consideraban como hermanos. En sus cortos nueve años habían aprendido a valorar la compañía que se brindaban, sobre todo, en el día a día que atravesaba su país Afganistán.

Todas las mañanas cada uno se levantaba en medio de los rezos de sus familias, se unían a ellos frente a un altar y pedían por el bien de todos y que esa invasión que comenzó unos años atrás por fin cesara y les dejara la posibilidad de ser libres en su territorio.

Amir era el primero en aparecer por casa de Shmuel, con una gran sonrisa invitaba a su amigo a jugar. Paseaban por las calles del pueblo observando a la gente que lentamente trataba de seguir con sus actividades cotidianas, y a veces, se entretenían al ver a aquellos hombres gigantes vestidos con ropas manchadas, lentes oscuros y grandes armas que parecían de juguete, pero que sin embargo, sus padres le decían que se mantuvieran alejados porque de ellas salían las peores desgracias del mundo.

Las mañanas la pasaban así, primero corriendo entre las casas y luego buscaban un lugar cómodo donde sentarse para aprovechar la brisa y volar sus papagayos. Los dos muy cerca con las piernas revoloteando en el aire conversaban de sus sueños, sus padres y lo que ocurría en sus hogares. Sus cometas surcaban el cielo libremente, aunque en algunas oportunidades parecía que un helicóptero militar se las fuera a arrebatar, lo que provocaba que Shmuel saltará y gritara a los soldados. 

Amir reía al ver a su amigo enojado, se paraba a su lado y le daba palmadas suaves en la cabeza, que siempre estaba caliente por el sol, esa era la señal para buscar refugio e ir a almorzar.
Su hora de comer se alternaba en la casa de cada uno de ellos, una vez en la de Shmuel y otra en la de Amir. Después de disfrutar de algún platillo casero, descansaban y no perdían oportunidad para quedarse dormidos entre el ruido de sus madres lavando los platos, el sonido de alguno que otro disparo y el de los perros que le ladraban a los militares.

Ya al final de la tarde volvían a salir con su juguete favorito, la tripa de un neumático viejo y una estaca. Amir lanzaba el círculo de goma a rodar colina abajo mientras que Shmuel lo esperaba para atraparlo con la estaca, luego intercambiaban lugares y así terminaban corriendo por los lugares solitarios.

Ambos seguían jugando aupados por su inocencia, mientras los adultos comenzaban a encerrarse en sus casas para preparar la cena y evitar los peligros de la guerra. 
Tras unos minutos, el sol comenzaba a convertirse en una gran esfera anaranjada y el cielo se moteaba de rojos, rosados y un carnaval de colores. Shmuel y Amir partían a sus casas cansados por sus correrías, soñando y pensando en qué inventar para el próximo día.