Después de mucho pedírselo ella había decidido acudir a mi nuevo apartamento. Esa tarde mi recién habitado hogar estaba desordenado, con olor a pintura, unas cajas desperdigadas por toda la sala y en el medio una mesita que hacía las veces de escritorio, mesa comedor, oficina y receptor de papeles.

A pesar de ese ambiente de bombardeo después de una guerra, yo estaba vestido de punta en blanco. No veía la hora en que sonara el timbre y entrara de nuevo a mi vida la chica de mi sueños.

Al rato de estar esperando y garabateando algunas cosas en la mesa multiuso, ella hizo acto de presencia. Creo que su primera impresión fue de alguien que no espera tanto formalismo.
Su vestuario era típico de un día normal; unos jeans, un top, un sweater y una cartera pequeña. El mío, al contrario, parecía de alguien que iba a su matrimonio civil.

La saludé amablemente, la invité a pasar y rápidamente le mostré la casa. Ella se movía con cautela, tal vez para no dejarse contaminar por el desorden y por otra parte, creo, para no ser afectada por mis ojos que la buscaban insistentemente.
La llevé al balcón, allí en el piso estaba preparada la cena. Una sábana, dos velas, dos platos, tres potes con pasta, pollo y plátanos, y dos coca colas heladas.

Comimos con fruición, poco a poco la comida iba desapareciendo de los platos mientras la conversación se debatía entre cosas triviales y el desorden de mi casa. Por un momento pensé que todo estaba perdido, que mis sentimientos se encontraron frente a una pared de concreto para estrellarse contra ella como un florero lanzado a gran velocidad.

Sin embargo cuando fuimos a recoger la mesa improvisada, todo cambió, finalmente su mirada sucumbió ante mis ojos y fue inevitable que nuestros labios se acercaran atraídos por una extraña fuerza.
A partir de allí todo fue un desastre, en el suelo la desnudé, probé sus senos pequeños, mi lengua danzó por encima de su barriga para caer en una pelea con su ombligo y de allí saltar a su pubis.

Su cuerpo moreno tenía una tonalidad caoba por la luz que manaba de las velas, su vientre se contraía ante mis caricias y ya sus manos recorrían mi espalda evitando que me separara de ella, mientras desbarataban mi ropa formal y la dejaban regada por el piso.

Después de largo rato, la besé, sentí sus curvas debajo de mi cuerpo, su corazón galopando ante un sentimiento imposible de abrazar pero también de olvidar y todo fue como antes.
Al final nuevamente fuimos uno, así de manera un poco salvaje mordí sus orejas, besé sus mejillas, acaricié su espalda mientras ella hacía lo mismo.

Puedo decir que después de ese momento ella admitió que su partida había sido un espejismo, que aunque quisiera ya no volvería a salir de esa casa e irremediablemente había que aceptarlo, estábamos hechos el uno para el otro.