Los policías decidieron separar al grupo para tener más control. Los carros fueron decomisados y en ellos iban esposados los tres hombres.

En la patrulla, iba el resto de los funcionarios y las tres chicas que ya comenzaban a mostrar su desespero ante un destino incierto.

La vía cada vez se iba haciendo más oscura, las ultimas casas habían quedado atrás y al parecer se aproximaban a un terreno baldío.

Los tres hombres, primero trataron de dialogar argumentando que eran buena gente, luego amenazaron a los policías, quienes le respondieron que con un "pepazo" en la cabeza a cada uno todo se solucionaba. Los ánimos se iban caldeando, y para divertirse comenzaron a golpearlos.

Primero con los puños y luego con la cacha de la pistola, al final los tres terminaron llorando pidiendo que al menos no maltrataran a las chicas.

En la patrulla ellas estaban asustadas, la morena era la que estaba más calmada mientras que las otras dos demostraban su nerviosismo ante las miradas insidiosas de sus captores. Uno de ellos se sentó entre las chicas; las esposó, comenzó a manosearlas y a lamerle las orejas.

Buscando debajo de sus ropas, las tocaba y casi que maltrataba. La morena pateaba y gritaba, pero nadie la podía escuchar.

En el otro carro, los hombres ya estaban inconscientes por los golpes, pero fueron los primeros en salir del automóvil cuando llegaron a un lugar solitario rodeado de arboles.

Todo estaba desolado, la patrulla y los dos carros formaron un semicírculo. Los policías salieron, tiraron a las chicas al suelo, y a los demás le echaron agua encima para que reaccionaran, así no se perderían lo que estaba a punto de comenzar.