Después de una noche de tragos, música, conversaciones banales y sus primeros besos, ambos decidieron amanecer juntos, pero no de la manera en que todos piensan que amanecen un hombre y una mujer, sino unidos en otros sentidos. 

Ya alejados del ruido, de las calles, de la gente, y de todo lo que los rodeaba; se hablaron de sus pesares de vidas pasadas, de sus deseos, de sus relaciones un poco frustradas y de los detalles más mínimos.
Sin embargo, a pesar que se habían prometido no hacer lo que hacen las parejas comunes, también aprovecharon de besarse, morderse, lamerse y darse cariño mutuamente. 

El chico la buscó por todos sus rincones, acarició su pecho, su vientre un poco abultado, su trasero y la besó sin remordimiento, había algo que le atraía de su rostro: varios lunares le daban vida a sus expresiones. 

Unas horas más tarde ya el cielo había pasado a ser de tres colores diferentes: primero negro profundo, después un anaranjado chillón y finalmente un azul claro, muy parecido a como lo pintan los niños en sus dibujos de preescolar. En ese trance siguieron tocándose para darse placer, habían descubierto una nueva manera de acelerar sus respiraciones y liberar energía, en fin, ser felices de algún modo.

Al final él la llevó a su casa, allí en el auto siguieron jugueteando y al momento de despedirse ella solo le pidió: -No me mientas, ¿sí?-, él no pudo responder.

Días más tarde de su encuentro, el chico decidió ofrecerle algo que tenía mucho tiempo sin dar: -Quisiera darte mis disculpas por lo que pasó entre nosotros, fue muy apresurado y no te merecías que te tocara como lo hice. Nada más espero que sepas que no era mi intención tratarte así-.

Ella aceptó sus excusas y él siguió: -Me atraes, es innegable, y me resultas realmente simpática. No quiero complicar tu vida... por ahora solo ten en cuenta que puedes contar conmigo para lo que desees-, le dio un beso en la mejilla y ambos siguieron su camino.