Foto: Reuters
Tres años atrás había dejado mi país natal en busca de un nuevo futuro. Las cosas mejoraban cada vez más, todo parecía relativamente nuevo en ese mundo y no tenías ganas de volver a retornar a mi nación.

Sin embargo por cosas del destino, en el trabajo me pautaron un viaje a la ciudad donde conocí a esa persona especial. Un lugar costero, caluroso, con atardeceres anaranjados y playas que parecían sacadas de una revista de turismo.

Al llegar me di cuenta que todo era parte del recuerdo, nada era igual, todo estaba en estado de abandono; e incluso, esa chica que a veces aún extrañaba, desde hace unos meses también vivía en otro país que tenía ubicación desconocida para mi. 

No niego que tuve un poco de tristeza al enterarme, albergaba cierta esperanza de reencontrarme con ella para al menos charlar; saciar esa curiosidad que tiene todo el mundo sobre una expareja: estará más fea, más linda, más gorda, más flaca, en fin, ¿habría cambiado en algo?

Mientras recorría la ciudad absorbiendo recuerdos, pasé cerca a una playa que siempre me había gustado. No pude evitar fijarme en dos cosas que estaban extrañamente fuera de lugar, pero que alborotaron mi memoria. 

Dos muebles abandonados en la orilla de la playa, colocados uno frente al otro como si estuvieran esperando por ser usados por alguien. La soledad en el lugar era increíble, solo un perro dormitaba en uno de los sofás y tomé esta foto. 

Pensé, que tal vez y solo si la chica aún viviera en la ciudad, me habría sentado con ella allí para mirar el atardecer, esperando para que la bóveda celeste nos brindara un hermoso espectáculo y luego quedarnos dormidos, separados pero juntos nuevamente, observándonos y tocándonos en la distancia con la desesperación de estar cerca... una vez más.