Desde hace más de tres meses estaban separados, las cosas en su relación no habían marchado bien y por eso tomaron la decisión de ir por caminos diferentes.


Sin embargo él la buscaba para conversar de lo cotidiano, endulzarla un poco y tal vez reavivar una llama perdida. Ella por su parte también lo hacía, aunque sin esperar mucho a cambio, sabía que esa relación era como un castillo de naipes, al más mínimo temblor todo se vendría a abajo.

Por esa razón acordaron verse por última vez en su lugar favorito para despedirse definitivamente, aplicar esas palabras que muchos repiten como su premio de consolación: "Si amas a alguien, déjalo ir". Se citaron en un lugar boscoso, ese claro donde por primera vez hicieron el amor.

El día del encuentro ella fue despampanante, sus grandes senos se transparentaban a través de la blusa, su cabello rubio lacio ondeaba por el aire y el perfume volvía locas hasta a las hojas de los árboles. Él, al contrario, fue normal sin ganas de deslumbrar a nadie y mucho menos mostrar una imagen que no era la suya propia.

Pasaron un rato conversando, recordando viejos tiempos y todo lo que habían hecho en ese sitio. La chica trataba de seducirlo, con esa actitud típica de una mujer de armas tomar al querer jugar con las hormonas de un hombre que ha pasado por su cuerpo, pero no lograba obtener resultados.

Luego de unas dos horas decidieron que eso era todo, era el momento de "dejarse ir". Ella fue la primera en levantarse, él la besó sutilmente en la boca y también comenzó a caminar a su lado. Unos minutos después, se quedó unos pasos atrás y la dejó caminar adelante.

Pensó que era lo mejor, se repitió a si mismo: "Debe irse". Así que desenfundó una 9 mm que tenía guardada en la parte de atrás de su pantalón, presionó suavemente el gatillo y le disparó a la chica en las piernas; eso de matar por la espalda era de cobardes.

Se acercó a donde lo esperaba su examor malherida, la vio a los ojos y le dijo: -Sabes que nunca he sido traicionero, por eso debo hacer esto mirándote a los ojos-, la chica que antes había sido seductora ahora estaba aterrorizada.

-Tienes razón, debo dejarte ir, pero no a los brazos de otro sino a un lugar mucho mejor que este y en paz-, volvió a presionar el gatillo pero esta vez directo a la cara y al pecho. Tres nuevos disparos cortaron el aire y así el chico pudo dejar ir a su antiguo amor.