Una de las reacciones más primitivas que tenemos los seres humanos es el miedo, ese consejero que puede resultar bueno o malo dependiendo de la ocasión; que te paraliza el cuerpo, te hace transpirar, te provoca temblores o a veces ocasiona que tus piernas comiencen a correr sin saber ciertamente a dónde vas.

En más de una ocasión he pensado que el miedo sirve para enseñarnos, no de la mejor manera, pero siempre nos deja algo de lo que aprender para evitar cometer los mismos errores; en fin, el miedo es el abismo que en más de una ocasión se nos ha plantado en cara.

Ese precipicio profundo, tan oscuro como un hoyo negro, ante el que sentimos que no podemos dar un paso más porque sin duda caeríamos a un lugar desconocido, ese es el miedo. Sin embargo, otra de las cualidades que tenemos las personas es la capacidad de pensar y decirnos: Un abismo es un reto, obligatoriamente debemos hacer un puente para cruzarlo.

Por ello a veces creo que es necesario enfrentar nuestros temores, los malos recuerdos más profundos e ir colocando tablón tras tablón para hacer un puente y llegar a la otra punta del abismo. No me cabe la menor duda que durante el proceso de construcción, una que otra brisa trate de tumbarnos a esa negra profundidad, de hacernos flaquear y tal vez, instarnos a volver atrás, pero no, hay que seguir adelante sin mirar hacia abajo, siempre teniendo una meta fija que resulte totalmente gratificante cuando la alcancemos y haga desaparecer el abismo convirtiéndolo en algo simple e insignificante.