La tarde comenzaba a caer mientras el mar lentamente se tragaba aquella bola de fuego que cada día se levantaba sobre la tierra. Mientras tanto, ella estaba sentada a la orilla de la playa. Sus pies jugueteaban con el agua, su cuerpo estaba enrojecido por el sol y su mente, al parecer, se hundía poco a poco como lo estaba haciendo el sol en el océano.

Las olas que besaban la arena salpicaban sus dedos. Las gotas de agua salada parecían niños tímidos, se deslizaban por sus uñas lentamente sin tocar la piel, corrían poco a poco hasta caer al suelo. La chica estaba sumida en sus pensamientos, al fin se había vuelto a ver con su amante y se dio cuenta que no era lo suficientemente fuerte para dejarlo a un lado; ¿mala señal?, tal vez sí, tal vez no. 

El sonido del mar la relajaba, a pesar de ser como un rugido de un león dormido, siempre le causaba la sensación de estar metida dentro de una ola: sumergida en el agua, dejándose llevar por la corriente. Se levantó de su sitio y echó a andar a través de la playa. Como una bebe aprendiendo a caminar observaba todo en el suelo, miraba las conchas de caracoles, las piedras que brillaban con tonos rosa y los granos de arena, ¿cuántos habrán se preguntó?, tal vez miles de miles de millones solo en esa orilla.

Ya era de noche cuando seguía caminando, el sonido del agua era más fuerte y el astro rey fue reemplazado por una bola de nieve: la luna llena coronaba el cielo acompañada por pequeños pellizcos de luz, las estrellas que le daban un manto de diamantes a la playa. La chica se sintió maravillada por el paisaje, todo era perfecto y sus pensamientos estaban calmados, finalmente lo entendió todo.

La playa la ayudó a ordenar sus ideas y logró darse cuenta que, no era dependencia, sino que quería a su amante pero no podía decirlo, tendría que llevarse el secreto consigo. Así se decidió y comenzó a caminar al agua, poco a poco se fue sumergiendo hasta que no quedó nada de ella en la faz de la tierra. Simplemente el recuerdo de lo que un día fue y nunca más encontró.