Después de perseguirla unos cuantos metros, decidió que era el momento de atacar. La acorraló contra una pared en el callejón oscuro, pegó su cuerpo contra el de ella y sintió ese aroma a mujer que salía de su piel, de su cuello y sus hombros.

Mientras ella gritaba, él se dedicó a morder sus orejas, a refregar su entrepierna contra su trasero y a sentir como un calor inusitado comenzaba a surgir. En ese momento recordó que necesitaba algo más; sacó una navaja y la pasó suavemente por el cuello de la chica; cortó las tiras del brassiere y recorrió la hendidura del centro de la espalda de ese cuerpo femenino con la punta filosa.

Con una de sus manos le tapó la boca a su víctima y con la otra, buscó signos de excitación en ese cuerpo que estaba asaltando. Sintió como la punta de esos senos estaban comenzando a ponerse duras, el vientre estaba sudado - tal vez por temor o por la liberación de hormonas - y ya había un vaivén entre los dos cuerpos.

Sin pensarlo, terminó de romperle la ropa a la chica y con lo que quedaba del resto de su ropa interior, le amarró las manos. La volteó y la besó completa, al final, cuando estuvo saciado de toda esa feminidad que no conocía; decidió que era el momento de acabar.  

Buscó la navaja y rápidamente la hundió en ese viente puro y terso. Un grito ahogado rompió la noche y así, sin más, él se siguió su camino de manera relajada al haber liberado una tensión que tenía acumulada desde hace mucho.