Aquella tarde la plaza estaba llena de niños que corrían de un lado para otro. El cielo estaba completamente azul con algunas nubes moteadas, y el sol brillante que sonreía ante las risas de los pequeñines que se divertían a esa hora, día tras día disfrutando de sus vacaciones.

Algunos de ellos estaban con sus mascotas; perros de todos los tamaños, colores y detalles, que ladraban, mordían el aire, buscaban la pelota o simplemente levantaban la pata en algún lugar que les resultaba interesante para marcar territorio. 

Entre todos esos caninos estaba "Orejas", un cachorro pequeño de dos meses, gris y patas largas. "Orejas", que se llamaba así por tener una de sus orejas siempre caída a un lado, había sido juguetón desde que llegó a casa de su dueña. 

Ese día estaba jugando con su correa nueva, y por eso, estaba de buen humor. Olfateaba a otros perros, los mordía por la cola y a veces, le ladraba fuertemente a los otros niños que se acercaban a la niña que lo había adoptado apenas era un bebé; a uno de ellos, lo agarró por la manga de la camisa para que se acercara a acariciarlo, pero el niño entendió mal su señal y se puso a llorar al creer que se lo quería comer. 

"Orejas" era un perrito feliz, esa plaza para él era su lugar de diversión; y esa tarde, todo cambió cuando vio a otra cachorra de su misma raza que estaba corriendo a buscar un palito. "Orejas" se olvidó de su dueña, del niño llorón y fue tras la perrita; se le acercó, movió la cola y juntos se pusieron a mordisquear el trozo de madera. 

Se lamieron las orejas, saltaron entre ellos tentándose como si fueran a pelear, se mordieron suavemente por las costillas y entre ambos, recogieron el palito para enterrarlo en un lugar cercano. "Orejas" descubrió la amistad, y también, de ese modo ayudó a su dueña a conocer a un niño en la plaza. A partir de esa tarde, todo sería distinto para los cuatro.