Al pensar en ella no pude reprimir el recuerdo de su cuerpo reflejado en el espejo. Así fue nuestra primera vez; en su cuarto. Ella vestía una túnica blanca, su cabello liso caía sobre sus hombros y su largo cuello me mostraba una feminidad desconocida. 

Al ver su silueta en el gran espejo que tenía en la pared, la tomé por la cintura y comencé a besarla. Primero suavemente, recorriendo su frente, sus orejas, sus labios, su nariz y sus ojos; de ese modo le brindaba unas caricias que rayaban en un cariño maternal. Luego la recosté en la cama y la seguí acariciando, esta vez en el vientre, el ombligo, el pecho y las piernas.

Ella mientras recibía cada una de las muestras de afecto se despojó de sus ropas, me mostró esa piel acaramelada que tenía y fue como una explosión de sensaciones. Observé cada uno de los detalles que cubrían su humanidad; uno de sus senos estaba coronado por un lunar, su barriga y costados un poco abultados, y sus piernas perfectamente modeladas por las sesiones de trote que hacía de vez en cuando. 

Ya para ese momento quería hacerla mía, pero tenía una sorpresa guardada para ella. Busqué debajo de su cama, donde sabía que guardaba algo que era un vicio para ella. Tomé el frasco de nutella y comencé a colocar el espeso chocolate por los puntos que más me gustaban de su piel. Sus pezones pasaron de ser color carne a ser color nutella, un camino dulce recorría desde su pecho hasta su ombligo y en la infinidad de su sexo se perdía. 

Mi lengua la probó, danzando, jugando con el sabor de su piel y la golosina. Sus senos erguidos recibieron las caricias y sus manos me tomaron por la espalda. Fuertemente sus caderas se movían y así decidió que debíamos estar juntos. Los dos fuimos uno; iniciamos un baile sensual que nos llevó a sentir cosas que nunca habíamos experimentado. 

Frente al espejo vi su cuerpo reflejado, una silueta de una mujer desconocida para ese momento pero que se convirtió en el modelo de la chica que quería para mi; una mujer que hoy duerme a mi lado.