Esa noche, como tantas de mi pasado, desperté con ganas de volver a mi hogar, al lugar donde todo era perfecto y podía ser feliz sin pensar en las típicas banalidades de la vida de adulto. Sin embargo, la realidad era otra. 

Mi cuarto estaba abarrotado de botellas de cerveza vacías, varias cajetillas de cigarro desperdigadas por el piso, unos cuantos billetes enrrollados que usaba para aspirar cocaína y en la mesita de noche; me esperaba una liga y la jeringa para inyectarme algo más fuerte que matara mis neuronas. Esa era mi vida, el alcohol y las drogas me ayudaban a escapar de un mundo que me agobiaba; un loco con una camisa de fuerza que nunca se digna a parar y que solo puede ser frenado con calmantes. 

Busqué en mi "bolso de medicamentos" para ver que me inyectaría en ese momento. Deseché la marihuana porque no me causaba nada; también dejé a un lado la cocaína porque su acidez ya se había convertido en un dulce para mi; así que tomé un poco de heroína que un amigo me dio y comencé a prepararla. 

Tomé la jeringa, anudé con la ayuda de mi boca la liga alrededor de mi brazo; sentí como la aguja atravesó mi piel hasta que me causó un poco de dolor al penetrar una de mis venas. El efecto fue instantáneo, la droga corrió por mi cuerpo y pude sentir como mi cerebro se incendió.

En ese momento todo fue oscuro; mis brazos desaparecieron, mis piernas quedaron estáticas y mi cara se tornó insensible.  Mi cuerpo comenzó a temblar en espasmos cortos, luego me sentí desfallecer y allí me di cuenta que algo se me había ido de las manos; la dosis había sido muy fuerte. 

Poco a poco fui muriendo, pero aún tenía conciencia; nada había sido accidental porque desde el primer momento en que introduje la heroína en mi organismo sabía que debía morir, morir para volver a nacer.