La noche caía sobre la cabaña. Las gotas de lluvia golpeaban la madera del techo como si fueran pequeños martillazos. La luz de la luna se filtraba a través de la única ventana abierta y caía sobre el filo de la hoja del cuchillo que destellaba con cada movimiento de mi mano al cortar los cuerpos. 

Ese día había estado buscando carne para mi y mis cuatro perros que cuidaban nuestro territorio. Al pasar cerca del pueblo, vi a un grupo de muchachos; esos jóvenes de ahora que quieren aparentar tener más edad y saber más de la vida que cualquier anciano a su alrededor. 

Los cuatro estaban fumando cigarrillos a pesar de que sus caras delataban el acné propio del desarrollo que aparece en plena pubertad; las chicas tenían minifaldas para insinuarse a hombres mayores y los chicos, al parecer habían descubierto que querían un cambio de sexo, ambos eran amanerados y denotaban querer ser más mujeres que hombres. 

Por esos detalles los odié, quise hacerlos desaparecer y otorgarle un favor a la sociedad eliminando a unos individuos que no le harían ningún bien a nadie; en el presente o en el futuro. Me les acerqué, les ofrecí droga y como era de esperarse, aceptaron. Fumé un rato con ellos, superé un poco mi asco y logré que tuviéramos una conversación. 

Después de dos horas ya estaban en el porche de la cabaña. Bebían, hablaban, reían y aparentemente un poco excitados por la sustancia que les había dado. Empecé por los amanerados, me les acerqué y tuve que fingir que sentía atracción por ellos, los toqué un poco y cuando al fin sentí que habían bajado la defensa, pude tomar el cuchillo y abrirle la garganta a uno de ellos de lado a lado. 

La sangre comenzó a correr y las chicas se mantuvieron inertes, no gritaron y solo miraban con sorpresa como su amigo moría desangrado. El otro chico comenzó a correr pero no fue muy rápido, le lancé un vaso directo a la cabeza y en el lugar donde estaba cayó inconsciente. Las chicas aún se mantenía petrificadas. 

Me acerqué a una de ellas y mis manos fueron a su cuello, comencé a hacer presión hasta que sus huesos se quebraron como si fueran de un animal indefenso del que se iba la vida y me regalaba el placer que esperaba.

La otra restante del grupo, se desmayó al ver la matanza y me ahorró el trabajo de atarla por la fuerza. La cargué para sentarla en una silla, sujeté sus manos con una soga al apoya brazos y esperé que despertara. La función estaba por comenzar...