Esa noche habían decidido verse por última vez porque creían que aún tenían cosas de las que hablar. Ese día ella había asistido a un curso profesional y estaba agotada, así que no quería caminar y solo necesitaba estar en un lugar a solas, por eso él la pasó buscando cerca de su trabajo.

Al montarse en el carro de su acompañante, lo notó extraño y simplemente lo saludó por cortesía, se sujetó al cinturón de seguridad y observó el horizonte; si todo salía bien en unas horas esa incomoda cita terminaría y finalmente, ya no tendrían que quedar para hablar por un buen tiempo.

La música comenzó a sonar, él la usó como un catalizador para relajarse y ella para dejarse llevar por las notas musicales de esas canciones que alguna vez le dedicó. Iniciaron una parca conversación sobre sus respectivas familias, los planes a futuro, sus trabajos y esas nimiedades que dos conocidos abordan al encontrarse cara a cara. 

Ya al salir a la autopista el tráfico fluía y la velocidad del carro fue en aumento. Ella pensó que había sido buena idea abrocharse el cinturón; miró de reojo el velocímetro y le subió el volumen a la música. Él, a medida que ejercía mayor presión en el acelerador también lo hacía en su mirada a la chica.

Delineó sus curvas con sus ojos, aspiró su perfume característico para llevárselo de recuerdo y rozó lentamente el dorso de la mano de su acompañante. En ese momento su corazón palpitó mucho más rápido, la vía se tornaba divertida y decidió meterse entre los carros. 

Pasó un camión, luego se lanzó al hombrillo para adelantar a un carro que iba mucho más lento que ellos y de allí volvíó al canal rápido. La chica ya estaba preocupada, nunca le había gustado como él conducía e imaginaba que algún día se estrellarían causando un accidente fatal. 

Así fue. En uno de esos momentos en que iba por el canal rápido, él desvió la mirada para observar su boca y descuidó la vía, un bache le hizo perder el control y el carro saltó en el aire. De la radio salía una música estridente, el aire entraba por las ventanillas a gran velocidad y la chica sintió que su vida se detuvo. El automóvil giró en tirabuzón y cayó al otro lado de la vía.

El parabrisa, los vidrios y el auto eran una masa retorcida. La chica gemía por las heridas, mientras él chico salía del carro. Su exnovia pedía ayuda pero él no pensaba en eso, pensaba en que finalmente había encontrado un desenlace para su relación. Al salir sintió el olor de la gasolina y presintió lo que iba a suceder. En segundo la masa de acero retorcida estalló en llamas y, mientras las llamas se reflejaban en sus ojos, escuchó como la chica gritaba de dolor. 

Sintió el hedor a carne chamuscada, a acero bajo las llamas y así, extasiado ante el panorama de ese accidente fatal, la vio morir para darle la paz que siempre había buscado.