Todos los días en la mañana, Luna, una gatica blanca con botitas negras y manchitas en la cara; se acercaba al cuarto donde estaba su mamá. 

-¡Miau, miau!-, decía Luna mientras tocaba con sus patitas la puerta. Buscaba en sus platitos la comida, movía su lengua de arriba a abajo para tomar agua y masticaba lentamente para saborear; pescado, carne, galletitas; Luna era una gatita consentida. 

Pero un día, cuando estaba estirándose al despertar y antes de ir a tocar la puerta de su mamá, un pinchazo cerca de la nariz le sacó una lágrima. Sacó su lengua para quitarse el dolor, se pasó la patica por la cara pero igual sentía algo raro. 

Unos minutos después estaba lamiéndose en todo el cuerpo. Le picaba en la panza, las orejas, la cola, las patas; Luna solo se lamía y se rascaba; nunca había sentido nada igual. 

Su mamá al verla la cargó, la colocó en su cama y empezó a buscar entre su pelo. Le tocó la nariz, le abrió la boca, le estiró las patas y allí entre una de sus uñas, vio un puntito negro: ¡Luna tenía pulgas!. Las pulgas, esos bichos pequeños que hacen que perritos y gaticos se rasquen y se desesperen. 

Esa noche, mientras Luna trataba de dormir y olvidar las pulgas, sintió una voz en la oreja. -Luna, puedo ayudarte a quitarte la picazón-, le dijo una pequeña voz. La gatica se estiró un poco, se pasó la pata por donde estaba esa voz y abrió bien los ojos. 

Allí en su pata estaba un mosquito disfrazado de súper héroe. -Hola, soy Súper Mosquito-, le dijo el pequeño amigo mientras le saltaba a la punta de la nariz para que lo viera mejor. -Escuché que tienes un problema de pulgas, ellas son muy malas y yo siempre he estado peleando con su jefe; ¿lo conoces?-, preguntó.