Todos los días, por quince minutos, olvido todo lo que ocurre a mi alrededor. Ella es una maestra en seducción; maquilla sus grandes ojos, ilumina sus mejillas con rubor, le da brillo a sus labios y oculta un poco sus ojeras, sea con máscara o unos lentes oscuros. 

Mientras el autobús se desplaza, ella sin saberlo pasa de ser una mujer natural a una chica sexy. Van cinco minutos de recorrido; peina sus negros cabellos y se perfuma como si estuviera en su casa; no le importa la gente alrededor. Su mirada es fría, su cara no demuestra ningún sentimiento y mucho menos una sonrisa. Continúa con sus labores de belleza, y eso es lo que la convierte en una chica sexual, la sencillez y naturalidad con la que actúa. 

A los 10 minutos ya está lista. Termina de arreglar su cabello, guarda sus instrumentos de maquillaje, saca un espejo esperando el resultado y finalmente, ¡sonríe!, al parecer le gusta lo que ve. Mientras tanto la sigo observando y su aroma me aturde; escucho que hemos llegado al terminal. 

La persigo por unos momentos. Trato de caminar a su paso para notar su cuerpo; tiene curvas que me parecen perfectas: caderas pronunciadas, vientre un poco abultado y senos medianos. Ella no nota que la observo sino que camina a su destino como si flotara por encima de todos los que la rodeamos. 

Vamos hacia el mismo destino, nuevamente estamos un poco cerca. La veo por última vez mientras se aleja a su oficina. Han pasado quince minutos, los mejores del día y un momento que rápidamente olvido. Llego a mi trabajo y me sumerjo en mis obligaciones, ya al mediodía no recuerdo a esa chica. Tal vez mañana, vuelva a vivir otros quince minutos.