La antigua casa era una ventana a un tiempo que no volvería. Entre los viejos árboles que daban sombra en el patio, aún se podían escuchar los cacareos y chillidos de las aves de corral que en otro momento le daban alegría a todos los alrededores. 

Allí en el solar, como se le suele decir en los llanos venezolanos a ese espacio, solo quedaban las sillas oxidadas donde hace muchos años todos los primos de la familia se reunían para tomarse fotos, beber varias cajas de cerveza y contarse cosas del pasado. 

Como en una novela de García Márquez, un viejo loro que correteaba por el techo de la casa gritaba improperios y alertaba a los dueños de la casa cuando estaba por caer un mango; uno de esos que a veces estallaban contra el piso o caían sobre los visitantes para ahuyentarlos para siempre y hacerlos desistir de cortejar a una de las nietas de Juana, la matrona de la familia. 

En los atardeceres calurosos, cuando Juana recorría los cuartos vacíos de sus hijos para recordar momentos de la infancia, la casa hacía un recorrido atrás en el tiempo y se llenaba de sombras y fantasmas. Una mañana mientras tomaba el café sentada en su silla rota de mimbre, vio desde la puerta principal como su esposo; muerto hace varios años; caminaba de acá para allá despotricando contra sus hijos que no hacían bien las tareas. 

Otro día, cuando salía al patio a escuchar a los pájaros pudo observar a su madre, que había muerto muchos años atrás, parada frente a la batea lavando los pañales de tela “cagaos”, escuchando canciones de Gardel, peleando con el perro que danzaba de allá para acá jugueteando con las chispas de agua que caían. 

Esa casa colonial, llena de recuerdos y espíritus mantenían a Juana presa de la realidad y ahogada en la fantasía de sus recuerdos, alojados en su mente y en un tiempo suspendido; que solo se liberará cuando la anciana decida tomar la mano de su esposo para irse caminando a uno de los rincones de su antiguo hogar y alejarse del mundo terrenal.