¡Anoche te soñé! - ¿cómo estás?-; solo eso pude decirte después de estar cinco minutos enmudecido frente a ti. Tus ojos me escrutaban como aquella primera vez que te vi cara a cara y estabas molesta porque fui impuntual a la hora de irte a buscar al terminal aéreo. 

El ambiente era frío, la calidez de antaño se había extinguido. Ahora solo nos separaba una pequeña mesa que parecía tan gigante como el Gran Cañón de Colorado, la distancia entre los dos se había ampliado en los últimos meses y por eso, ambos callabamos. 

Un waffle de frutas estaba esperando por nosotros, pero ni tú ni yo nos atrevíamos a comerlo; no queríamos rozar nuestras manos. Con mis ojos, esos que siempre te escrutaron detalle a detalle, trataba de encontrar algún rincón que me recordara a la primera noche en que, como el taxista a la rubia; te besé hasta la sombra. 

Tu cuerpo denotaba el paso de los años; unas patas de gallo custodiaban tus parpados, la sonrisa que me gustaba de ti ahora poco la mostrabas y tu vientre abultado – que usé muchas veces para dormir – se había desinflado. Finalmente, con ese estilo característico de tu personalidad, me empujaste a hablar. ¿Y como por qué la cara fea, después de tener siglos sin hablar solo dices eso?; esa pregunta fue el empujón para que mi habla despertara para contarte, como en antaño, todo lo que me había ocurrido. 

Escuchaste de mi trabajo, de mi familia, te inquirí sobre tus dolencias que te llevaron a estar hospitalizada por varios días y de las que me enteré por mis contactos. Con ese pretexto, te conté de mis preocupaciones por ti e incluso, me atreví a tomar tus manos, pero como era de esperarse te apartaste. Traté de ser cariñoso pero te mostrabas como un objeto inanimado. 

Me hablaste como si estuvieras en medio de una de esas reuniones de trabajo, que casi a diario debías atender. Así, luego de unos quince minutos, te pedí nuevamente que me dieras una respuesta y fue la misma de los últimos meses: - En unos 10 años, tal vez-. Pediste la cuenta, y te fuiste no sin antes pasarme la mano por el cabello con un gesto maternal; -Sigues igual que siempre, no has cambiado nada-.