¿Si no tengo nada que decir, para qué escribo? Esa es la pregunta que a veces deben hacerse muchos, yo entre ellos. Lo hago como un ejercicio, como la válvula de desahogo a la olla de presión que es mi cabeza. Son todos mis pensamientos volcados al papel sin orden, ni ritmo, ton ni son, simplemente un puñado de letras describiendo mi día a día y mis impresiones de una realidad abstracta, desordenada y llena de pretensiones de los que quieren brillar a costa de otros, esa realidad parecida a la que veía John Doe – interpretado por Kevin Spacey – en el muy brillante largometraje “Seven”. 

A partir de todo ese abecedario ordenado a punto, para formar ideas legibles y comprensibles por el lector, me propongo a crear un mundo o universo que sea un poco más digerible y ajustado a lo que vivimos en este globo terráqueo que gira sin parar las 24 horas del día. Por eso escribo de asesinatos, de muerte, de sexo; en fin puras ideas derivadas del instinto, incluso me acuerdo del odio y el amor, dos piezas clave que son la chispa para el proceso de procreación: unos tienen sexo por amor, otros se entregan en la cama (a veces en su primera vez) por rabia, como un motivo de venganza para hacerle daño a otros y quitarse de encima esa cruz que se llama virginidad, algo muy pasado de moda y olvidado en los anales de una sociedad cada vez más materialista y tecnológica. 

Escribo para recordar que afuera hay un mundo donde cada día mueren personas, donde existe gente a la que maltratan y para mostrar en lo que otros no quieren ver. Una vez dije que el motor de mi blog son las mujeres, creo que eso ha cambiado, ahora tengo el motivo de escribir por instinto; como un animal que se deja llevar por las emociones para construir mundos ajustados a la realidad, una que lastimosamente no nos da lo que queremos y muchas veces, nos lleva a conformarnos con lo que tenemos; con eso creo que debería bastar para ser felices, lamentablemente; no es así.