Hoy al despertar quise matar algo hermoso. Ella, como siempre, dormía a mi lado. Sus ojos cerrados, su pecho bailando al ritmo de su respiración, sus pequeños labios carnosos y sus orejitas tapadas por su cabello que caía en sus hombros, realmente era bella. 

Quise desnudarla para poder observarla mejor, pero cambié de idea. Pensé en nuestros problemas maritales, en las infidelidades, en las noches de sexo desenfrenado, en las peleas, en el futuro que se vislumbraba demasiado complicado para los dos; tal vez, al quitarle la vida le estaría haciendo un favor. 

Mis manos se deslizaron por sus piernas, debajo de su ropa interior y sentí su temperatura corporal por última vez. Ella se movió un poco, pero no despertó. La besé en la mejilla y puse mis dos manos sobre su cuello. Poco a poco fui ejerciendo presión, no quería matarla con una almohada porque esa simple idea era demasiado cliché. 

Luego de unos minutos presionando, ella comenzó a moverse incontrolablemente, sus manos se movían y su pecho comenzó a levantarse al vaivén de su respiración entrecortada. Cuando finalmente, sentí que algo en su traquea se había roto, abrió sus ojos para mirarme fijamente y morir. 
Sí, realmente era bella, había sacrificado a lo que realmente amaba y yo, ya podría estar tranquilo. Me paré de la cama e inicié mi día, ya todo era mejor ahora.