Eres mi vicio. Tu cuerpo recorre mis pensamientos noche tras noche. Seguramente, el inventor de esa pastilla azul, que muchos usan para poder hacer uso de su virilidad, incluyó algo de ti en esa “medicina” porque eres una de las cosas más excitantes que existe. 

Creo que eres el motivo por el que descubrí que las hormonas son las peores consejeras. Recuerdo tus curvas, tu piel, tu cabello, tus poros erizados y no puedo evitar sentir remordimiento; no quiero que pienses que te valoro o necesito solo por el sexo. 

Pienso en tus senos con un sabor único, erizados cada vez que alcanzas un orgasmo; uno más redondo que el otro y ansiosos por mostrarse de vez en cuando; desafiantes a la gravedad y buscando mi boca. 

En mi mente está fijo tu vientre, esa almohada natural que muchas veces ha servido para cobijar mis sueños, su sube y baja mientras duermes y su suavidad al contacto con mis dedos cuando pasan sobre él para buscar más abajo la fuente de tu ansiedad y ganas. 

Tus ojos y tu boca, son las chispas que desencadenan mi placer. Esos dos puntos negros profundos, que muchas veces me miraron y me ven fijamente cuando hacemos el amor. 
Tus labios, fuente de los mejores besos que he recibido y de las palabras (de amor y a veces hasta odio), que de acuerdo a la ocasión me das. 

Añoro esos momentos entre los dos, cuando tus caderas bailan por placer. Extraño nuestros juegos eróticos; en el espejo, con una cámara o simplemente con palabras. Eres la llama que desencadena mis deseos, el impulso que me hace falta para darle un empujón a la libido.

Sencillamente eres única, podrán existir muchas mujeres en el mundo pero ninguna jamás me impactará como lo haces, hiciste y harás tú.