Foto: El Nacional
La cola donde estaba Santiago se perdía en el horizonte, bordeando edificios y los monolitos del Paseo Los Próceres como una serpiente roja, que por el sol que se estaba levantando a esa hora, se tornaba en un anaranjado brillante. El murmullo de todos los presentes era uno solo, ¡Debemos llegar para darle el adiós al Comandante, Chávez vive, la lucha sigue!, esas palabras eran el único empuje que habían tenido desde dos días atrás cuando se enteraron de una fatídica noticia que nunca habían esperado recibir; la muerte del líder que había cambiado la historia de América Latina y del mundo en general. 

Santiago había estado ocho horas en la fila, que con un ritmo constante avanzaba a su destino para satisfacer la curiosidad de algunos y darle paz al corazón de la mayoría de venezolanos, que solo conocían a Hugo Chávez como Comandante. A media mañana, la peregrinación de gente de todo tipo continuaba. Los niños se bajaban de los brazos de sus madres para tomar agua, corretear por las cercanías y preguntar: ¿Cuándo lo veremos?, a lo que todos le respondían; ¡Pronto podrás saludarlo!. 

Mientras caminaban, veían que a su lado pasaban gran cantidad de personas que ya habían llegado a ver al Comandante; en sus caras se veía paz, quietud e irradiaban una extraña sensación de tranquilidad por haberse despedido del héroe que le dio a Bolívar, la representatividad que antaño había quedado olvidada por 40 años de traición a la patria. 

Al mediodía, el sol calentaba el ambiente y Santiago tuvo que salirse de la fila para tomar un poco de aire. A su lado, una anciana lloraba desconsoladamente como si hubiera perdido un hijo, ¡Se nos fue Hugo, se fue el que me lo dio todo, a mis nietos y a toda Venezuela!. La señora apretaba fuertemente una bandera, una boina roja y la Constitución, ese libro que el Comandante había enseñado a adorar. Santiago la ayudó a levantarse, ¡Vamos juntos a saludarlo!. 

La anciana se ayudó en Santiago para levantarse y caminar junto a él durante lo que faltaba de recorrido. Ya entrada la noche, para amainar el cansancio unos lugares más atrás de la fila, un cuatro y un tambor amenizaban el ambiente, ¡Los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos, y a partir de este momento, está prohibido llorarlos!, era la canción entonada por todos los que no perdían el deseo de ver al Comandante. 

El murmullo del amanecer ahora era un himno que acompañaba a los cantores, ¡Chávez vive, la lucha sigue!. Entre todos comentaban lo que Chávez había hecho por Venezuela y el mundo; ¡A mi me dio mi casita, me sacó del barrio!, dijo una muchacha con un niño cargado en sus brazos, vestido con uniforme militar y una boina tricolor. ¡A mi hermano lo curaron en Cuba de su enfermedad, ahora está estudiando en la Misión Ribas!, dijo una mujer que, a pesar de las ojeras por el cansancio, no paraba de sonreír. ¡Yo sé leer y escribir!, gritó un niño que le haló los pantalones a Santiago, para que se diera cuenta que estaba a su lado. 

Cuando estaban cerca del majestuoso edificio de la Academia Militar, un aplauso general resonó en el lugar. Santiago y su compañera, iban juntos observando a los militares apostados en el lugar, las cámaras de los medios de comunicación que no habían parado de transmitir todo el homenaje al líder venezolano y las lágrimas que corrían por las mejillas de algunos. 

Eran pasadas las 12 de la noche cuando entraron a la Capilla Ardiente. El ambiente era de paz, de igualdad y de amor. Santiago se aferró al brazo de la anciana, pensó que caería de rodillas al ver el féretro de Chávez. Caminó lentamente y solo pudo observarlo unos segundos para darle el saludo militar. La compañera de Santiago tomó la bandera, la boina y se la dio a uno de los guardias que estaban allí, ¡Por favor, hazla llegar a alguien que necesite fuerzas!. 

Salían del lugar cuando la señora le dijo a Santiago, con una sonrisa dibujada en su rostro; ¡nunca será suficiente esta despedida, el Comandante será eterno entre todos nosotros!.