Esa mujer realmente me gustaba, me quitaba el sueño porque muchos días la tuve entre mis brazos. Por eso, esa noche decidí esperarla en la esquina cercana a su casa, amparado por la oscuridad. Al verme, aceleró el paso para que no lograra alcanzarla, como lo había hecho en los últimos días, no quería tenerme junto a ella.

A medida que acortaba la distancia, podía sentir su olor, podía ver sus curvas y su cabello ondeando por la brisa; ella iba aprisa para impedir nuestro encuentro. Sin darse cuenta, tropezó con un muro y resbaló, momento que aproveché para abalanzarme sobre ella. Antes de escuchar sus gritos, le tapé la boca y la arrastré detrás de un contenedor de basura. 

Veía temor en sus ojos, una mirada retadora que solo decía ¿Qué quieres?, eso me hizo estallar de rabia, siempre había una competencia entre ambos, pero la amaba. La besé con ganas, besé sus senos, mordí su cuello, sus ojos, su nariz, sus mejillas, mis manos la recorrían mientras ella gritaba. Puse mi mano en su boca, pero aún escuchaba sus gritos. Saqué mi cuchillo para acallar sus gritos. 

Como un boxeador, comencé a golpearla. Le enterré la hoja del cuchillo en el vientre, entre las costillas, en el ombligo nuevamente, le di al menos 15 puñaladas y aún escuchaba sus gritos. Al verla, estaba muerta y era yo quien gritaba, gritaba porque maté lo que amaba, gritaba porque no pude resistir el deseo de acabar con su vida... esos gritos, fueron la expresión pura de que la amé y nunca dejé de quererla.