Mis manos apretaban sus senos, pellizcaban sus pezones mientras con mis caderas arremetía en la infinidad de su ser. Ella buscaba con avidez mi boca, la cama sonaba al ritmo de nuestras cinturas que se enlazaban como nuestras lenguas. Pude ver en sus ojos que todo estaba a punto de acabar, su corazón pareció estallar y su humedad inundó nuestra intimidad. 

Nuevamente, como muchas noches anteriores hice que llegáramos al clímax pero para mi, era una simple masturbación dentro de un pedazo de carne. Quería más placer, mayor satisfacción, mi cuerpo aún temblaba esperando por más y mis músculos aún estaban tensos cuando ella comenzaba a entrecerrar los ojos, iba a dormirse y esta vez para siempre. 

Hambriento de emociones puse mis manos en su cuello, 1...2...3, hasta que su traquea se quebró como el hueso de un animal recién nacido. Al menos la maté rodeada de placer mientras yo buscaba el mío. Un filo de luz iluminaba su cuerpo aún rosado por la sangre que comenzaba a detener su ritmo. En mi mesita de noche; el cuchillo. Tomé sus muñecas, las abrí y esperé unos minutos para vaciar por completo aquella humanidad; una extraña contradicción: minutos antes lo llené con mis fluidos y ahora lo estaba vaciando. 

Estaba pálido, terso con una belleza virginal. Primero abrí sus parpados, buscando una luz que ya no existía. Dedicado como un artista a su obra, con el filo del cuchillo pude sacar cada uno de sus ojos. Los besé, los mordí y me llenaron el gusto de un sabor único, un sabor a ella. 
Así continúe, su cuerpo separado en dos con un corte vertical que me dejó verla por dentro. Su corazón; la fuente de su amor; sus pulmones, su estómago. Mis músculos temblaban, mi boca buscaba su cuerpo. Toda la madrugada estuve haciéndole el amor a mi manera. Al levantarse el sol, quedé satisfecho.
En la cama, ya no quedaba nada. Consumé mi búsqueda de placer.