Todo era distinto. Mis ojos aún no se acostumbraban al ambiente, a pesar que ya tenía cinco años de haber nacido, mi mente a veces me hacía soñar con un universo que se destruía frente a mi, esa era una pesadilla constante. 

El cielo tenía grietas por las que, a pesar de ser de día, se colaban cientos de estrellas. El sol, ahora parecía una galleta a la que arrancaron una parte con un mordisco, a pesar de tener menos cuerpo continuaba proyectando calor sobre todo y todos. 

Las nubes eran transparentes, tornasoladas cuando los rayos ultravioleta las atravesaba y en la noches, se llenaban de colores como auroras boreales. Era un espectáculo que para un chico como yo, parecía el mejor regalo de la naturaleza. 

El suelo, también ofrecía formas completamente incomprensibles. Lleno de cráteres, grietas y montañas por doquier, pero la humanidad supo sacarles provecho: en los huecos se sembraron inmensos jardines casi subterráneos, llenos de flores, gramas y bancos que servían para que los que quisieran, se sentaran o echaran a ver el cielo. 

En las grietas, se hicieron puentes y escaleras para pasar de un lado a otro y en las montañas, se instalaron inmensos observatorios para ver más allá de lo que la vista nos permitía. 

Tenía una nueva familia, un padre, una madre y hermanos; todo parecía estar dibujado para dejar en el olvido al fin del mundo.