Sentado en la cima del abismo pude ver el mundo despedazándose ante mi. El cielo parecía quebrarse en piezas mientras las nubes, como si fueran de cemento, chocaban contra el suelo aplastando todo bajo sus cuerpos blancos. 

El suelo se abría dejando verdaderos hoyos negros, que se tragaban todo como una bomba de presión. Las personas desaparecían dentro de ellos, podías ver madres abrazadas a sus bebés que se desvanecían, animales que agitaban sus patas para evitar caer en el olvido, todo poco a poco se borraba frente a mi. 

Quería gritar, llorar o bajar a la superficie para que todo terminara. Pero el paisaje era tan impresionante, que preferí permanecer quieto. El viento también estaba desapareciendo formando ciclones que danzaban como bailarinas en el medio del desastre. 

Ya no quedaba cielo, no quedaban nubes, las estrellas comenzaban también a estrellarse contra el piso para irse directo a la nada. Algo llamaba mi atención, no había ruido, no había gritos ni siquiera un murmullo o eco de la destrucción. 

Observaba todo fascinado, tratando de escuchar cuando vi que algo se acercaba rápidamente hacia mi. No sé de dónde vino, ni quién me encontró pero una bala atravesó mi frente y destrozó mi cerebro en pedazos, finalmente; desaparecí junto a todo lo que me rodeaba.