¿Algún día lograré la libertad? Esa es una pregunta que siempre me hago y que no puedo responder, porque es una utopía. Desde que somos una célula estamos destinados a la esclavitud, a ser parte intrínseca de algo que nos domine y nos controle. 

Al desarrollarnos en el vientre materno, las amarras del cordón umbilical nos tienen sujetos a la placenta y en algunos casos, puede ser nuestro asesino si decidimos tratar de rebelarnos contra ese grillete natural. 

Luego de pasar nueve meses atados a nuestras madres y ver la luz del día, comienza nuestra carrera con el mayor villano que nos somete día tras día como un capataz: el tiempo, del que solo nos liberamos por unas horas cuando estamos dormidos aunque después, al despertar nos cobra con creces esa rebeldía liberadora. La libertad no existe de ninguna forma. 

El corazón nos ata a las personas, a los sentimientos y a eso que llaman amor. Los ojos nos atan a la belleza de algo hermoso. Vivimos bajo un yugo del que nunca nos podremos separar, al final somos esclavos de nosotros mismos.