Entré a la habitación y solo escuchaba sus gemidos. El contorno de sus senos erizados parecían cortar la oscuridad, su panza subía y bajaba al ritmo de la respiración y sus ojos estaban viendo a un ser que no estaba allí. 

Me senté en una butaca frente a la cama para detallar la escena. Sus piernas estaban completamente abiertas dándome la visión de todo su cuerpo, e incluso, creí ver casi hasta muy dentro de su vientre. Su lengua mojaba sus labios y a ratos, acercaba sus pezones a su boca para sentir que alguien le daba pequeños sorbos. 

Todo semejaba a una película erótica. Las sábanas arrugadas en el piso, su cuerpo danzando al ritmo de la excitación y la luz tenue que cubría su piel. Todo mi ser estaba tenso, quería saltar sobre ella para reemplazar al ser imaginario que le estaba dando el mejor sexo de su vida pero me detuve. 

Entre sus manos sujetaba a un Cristo de madera, que de cabeza se sumergía una y otra vez en su intimidad. En ciertos momentos, le daba vueltas para que las manos de Cristo la estimularan en el clítoris y luego, lo sacaba para volverlo a meter. 

Al final tuvo un orgasmo ensordecedor. Se levantó y volvió a colocar al hijo de Dios en la cruz, el sitio en donde lo clavaron hace más de dos mil años y del que mi esposa, solo lo baja cuando quiere tener una experiencia religiosa.