Dirección: Joachim Rønning y Espen Sandberg.
Año: 2012.
Duración: 111 min.
Fotografía: Geir Hartly Andreassen.
Interpretación: Pål Sverre Hagen (Thor Heyerdahl), Anders Baasmo Christiansen (Herman Watzinger), Gustaf Skarsgård (Bengt), Odd Magnus Williamson (Erik), Tobias Santelmann (Knut), Jakob Oftebro, Agnes Kittelsen (Liv).
Países: Noruega, Reino Unido y Dinamarca

Sinopsis: La película “Kon-Tiki” nos sitúa en 1947, cuando el mundo se sorprendió por el entusiasmo del joven antropólogo y aventurero noruego Thor Heyerdahl, quien emprendió una expedición asombrosa y peligrosa: un viaje de 8.000 kilómetros a través del océano Pacífico a bordo de la balsa Kon-Tiki.

¿Qué has logrado en tu vida, qué te ha sucedido? ¿Qué le contarás a tus nietos cuando te pidan un aventón en tus piernas para escuchar grandes historias? Cuando terminé de ver Kon-Tiki; el largometraje noruego de 2012 que estuvo nominado a mejor película de habla no inglesa en la edición de los Óscar de ese año reflexioné sobre esas cuestiones. 

Thor Heyerdahl (encarnado por Pål Sverre Valheim Hagen), se encamina en una aventura expedicionaria para comprobar una tesis que para los años 40 parecía realmente descabellada; cruzar ocho mil kilómetros entre la costa del Perú y la Polinesia a través del Océano Pacífico y así confirmar que los incas fueron quienes poblaron esos territorios inhóspitos. 

Thor, con su grandilocuente nombre de Dios de la cultura nórdica, junto a cuatro compañeros de navegación, construye una balsa basándose solamente en su fe y afirmando que si “Tiki” (palabra para delimitar lugares sagrados de la cultura de Polinesia Central) logró viajar a través del océano guiándose por el sol, él también podría hacerlo. 

Su aventura de más de 100 días es una sucesión de desventuras, logros y temores, que constantemente son aplastados por las ganas de Thor de hacer algo grande, de lograr un solo momento que le permita desmontar la falsa creencia de muchos que lo tildaron como un demente o simplemente, inexperto en las lides de la historia. 

La emoción del protagonista al alcanzar su cometido es contagiosa. Su risa y sus lágrimas luego de haber cumplido con su sueño son hermosas, hasta el punto que quieres entrar en la pantalla y decirle a Thor, ¡lo lograste! 

Ese tipo de experiencias, de sueños concretados son los que realmente llenan esos años que vives sobre la Tierra. Esos deseos ciegos, alimentados por una fe inalienable son el caldo de cultivo para que marques tu vida con momentos imborrables que seguramente serán el mejor cuento de la vida de la prole de tus hijos.

El cine real, al que he decidido llamar así porque se basa en personas que pisaron este mundo, de carne y hueso como tú y yo, que no fueron sacados de la mente de algún escritor un poco demente, tiene esa magia de contagiarnos de experiencias que sin duda son como un toque en el hombro, un empujón que te dice: ¿qué quieres lograr?