Él la embestía, una y otra vez con su cara de policía. 
Ella en cuatro solo recibía, con mayor placer que aquel otro día. 
No sabía que a cada embestida, ese pene varonil dentro de su vagina crecía. 
Luego de una, y otra, y otra embestida ella sintió que se corría. 
Él también creía que su alma en ese momento perecía. 
Un grito, otro grito, sí, sí, ella se venía. 
Pero no, otra cosa ocurría. 

Como a un pollo en la brasa la atravesó, quebrando la traquea y los dientes que más nunca sonreirían. 
Él impresionado vio que su pene brillaba de alegría. 
Mientras tanto la sangre de ella se convertía, en robots que a todo y todos se comerían. 
Velozmente todo desvanecerce parecía. 
Los robots tragaron, lamieron y babearon en su travesía. 
Se comieron la carne, el vientre, los ovarios, el útero y los pies de esa mujer desconocida. 
Los robots mientras seguían. 
Masticaron glúteos, boca, ojos y cabello del llamado Isaías. 
Pasaron a las paredes, el tv pantalla plana, la alfombra y las entradas de cortesía. 
Comían, comían, todo todo con alevosía. 
Comían, comían mientras el pene del principio desaparecía. 

Y así se comieron todo de esta historia que nunca se repetiría.