Voy caminando por la calle, tranquilamente camino por la calle desolada, es de noche y la luna ilumina mi espalda como el único farol presente en todo el planeta. Oigo un zumbido, una sombra gigante oculta todo y la oscuridad se hace presente.

 De repente un dragón me empieza a pisar, me pisa muy fuerte hasta volverme mierda, una bola de mierda, ¿pero qué mierda? Si los dragones vuelan, como me pisaría si ellos vuelan muy arriba, por qué se atrevería a fijarse en una cosa tan insignificante como yo, será que me odia.

Como decía, los dragones vuelan y los matan con las flechas, las flechas que disparan los caballeros de armadura que siempre cazan cerca de un lago, algunos se acercan tanto a su orilla que caen a sus aguas y los tiburones los mastican, esos que forman una danza de aletas, dientes filosos y golpes entre ellos.

Pero estos tiburones no viven mucho porque se fríen en la lava hirviente y solo sobreviven los peces de hierro, esos que llevan en sus genitales a personas microscópicas y por eso cuando se aparean entre ellos estas se unen hasta crear una nueva población.