Tomé la escopeta. La puse en mi boca. Sabía que esa era la solución para terminar con mi vida. Tiré del gatillo. Sí, acabaría con mi vida. El disparo me destrozó el cerebro. Mi cabeza estalló como un vidrio que se cae. Muchos pedazos de mi ser quedaron regados. 

Mi sangre como fuente de vida bañó mis restos, como si fueran una planta esperando por agua. De repente sentí que de nuevo estaba naciendo, pero multiplicado. Cada trozo de cerebro y piel, estaban formando un nuevo yo. Como un milagro, cada trozo de carne germinaba en otro yo.

En pocos minutos, allí estaba de nuevo con mis hermanos, mis clones. Viéndonos, estudiándonos como al reflejo en el espejo. Nos mirabamos. Uno de ellos tomó la escopeta. No sé cuál era. Comenzó a disparar, decía que su vida no valía nada.

No sabía que por cada cabeza estallando, miles de clones nacían. Así me reproduje de manera infinita e interminable. Como un virus incontrolable e indeseable. Un disparo. Muchos yo.