Desde el pasado 26 de septiembre México está entre los principales titulares de los medios más importantes del mundo, los mexicanos hablan en redes sociales de su Presidente, del municipio de Guerrero (Acapulco), de la ciudad de Ayotzinapa y de 43 estudiantes que para muchos resulta un grupo de desconocidos. 

El Gobierno de Enrique Peña Nieto está atravesando un momento de crisis, una situación que hace pensar en la depravación en la que a veces cae el tercer mundo latinoamericano al momento de tomar la violencia como una solución, el recurso final para quitar del medio un obstáculo. 

En Ayotzinapa, 43 normalistas (estudiantes de una escuela rural) desaparecieron de la faz de la tierra; ¿los causantes?; la policía, un grupo de narcotraficantes y el alcalde de Iguala junto a su esposa. Parece increíble leer ese detalle, pero sí, las manos del Estado están bañadas de sangre. 

Puede resultar cliché leer sobre esto, algunos dirán que es un caso más de todos los que ocurren diariamente en esas ciudades mexicanas donde el narcotráfico corta cabezas como si de una carnicería se tratara, pero no, Ayotzinapa es distinto. 

Como venezolano y periodista que soy, he escuchado testimonios y palabras que me han abierto los ojos sobre lo que es un simple caso de represión y lo que ha terminado ser, como el de los 43 muchachos, en un verdadero ensañamiento sin razón alguna. 

Todo se reduce en la orden dada por la esposa del alcalde de Iguala para que reprimieran una manifestación de los normalistas, la policía la acató y los detuvo, para luego entregar el grupo a una banda de narcos, que al final decidió rematar a algunos, quemar los cuerpos y arrojar las cenizas al Río de Cocula, según testimonios de detenidos. 

Mientras tanto el mundo y los principales dolientes de los muchachos, sus padres, han insistido en que sus hijos están vivos, porque vivos se los llevaron y vivos tienen que volver. Realmente pienso que la esperanza es el alimento de la locura y también de la vida, pero es difícil que los 43 normalistas aún estén en este mundo. 

Sin embargo, qué se le dice a estos padres, a un campesino que pregunta por qué desaparecieron a los muchachos, a unos jóvenes sin recursos que fueron a una escuela rural a buscar un mejor futuro, no solo para ellos sino también para su familia. Qué se le dice a los que esperan por los 43 en la rural de Ayotzinapa, a los que día tras días salen a marchar y no reciben una respuesta de un Gobierno que no tiene respuestas, solo evasivas y un cansancio perenne ante la degradación de su sistema. 

Es complicado entender al ser humano, porque mientras ocurren atrocidades que no le afectan termina haciéndose el desentendido y no voltea a mirar el dolor ajeno. Muchos están con Ayotzinapa, han dicho algo por los normalistas y eso es lo importante, demostrarle a la familia de los 43 que sí se les escucha, que a pesar de ser ínfima, la esperanza aún está presente porque vivos se los llevaron y vivos volverán, sea en cuerpo presente o en el recuerdo que para bien o para mal, ya está cambiando a la sociedad mexicana.