Todos los días es lo mismo en el metrobús. La rubia que todos ven. Un anciano al que nadie le cede el puesto. Los estudiantes que gritan, que tapan la hermosura de Tchaikovsky en mis audífonos. Las colas capitalinas. Tiempo muerto junto a desconocidos. 

Pero esta vez fue diferente. Frente a mí había un ser despreciable, un hombre que aparentemente pensó que el transporte público era buen lugar para comer un snack. 

Al verlo me dio asco, me causó repulsión. Sus enormes dientes de perro masticando, sus largos dedos grasientos llenando de suciedad todo a su paso, causando un ruido molesto del plástico de la bolsa al arrugarse. 

Lo detallé. Incluso podía oler su respiración, ese sabor a amarillo número 5 y químicos que son casi veneno. Era un animal. 

El hombre tragaba, metía sus narices de cochino hurgando en la bolsa; sus ojos desorbitados querían más, era un festín de gula y deseos primitivos. Por eso quise matarlo, por ser algo tan repugnante dentro de la especie humana. 

En mi mente lo seguí al bajarse del bus. Entre las sombras lo arrinconé. Lo pateé. Encojido en el piso solo recibía mis golpes. Patada tras patada directas al estómago. Mi placer iba en aumento. Al final hice que vomitara, que se purificara su sistema digestivo. Lo dejé allí tirado en medio de su bilis y la basura que comió, eso que causó toda mi rabia en el metrobús.