Mi hogar es vacío. Siempre me han aterrorizado sus cuartos desolados, el sótano lleno de recuerdos solitarios y el ático, ese lugar donde escondo mi pasado más obscuro. 

Allí, en esta casa, fue donde esperaba tener sexo nuevamente, sexo casual con una chica que me topé en el bar. Un trago. Hola. Otro trago. ¿Cómo te llamas? Tercer trago. ¿Quieres ver mis guitarras? Cuarto trago y la cuenta. 

Una hora después estuvimos terminando la botella en mi cama. A pesar del efecto del licor esa mujer me daba miedo, sus ojos negros y su boca de fuego me intimidaban. Yo trataba de esconderme tras mis mejores canciones, varios acordes y seis cuerdas, una estrategia inocente para disimular mi poca experiencia con el género aparentemente débil. 

La besé. La desnudé y el terror me dejó helado. Bajo ese cuerpo de femme fatale se ocultaba algo parecido a una lagartija, un extraño animal que comenzó a engullirme. Comió mis manos, mi torso y mis piernas. Estaba experimentando una nueva experiencia sexual. 

Dentro de esa bestia comencé a sentir un orgasmo, una terrible descarga de energía que implosionó nuestros cuerpos convirtiéndolos en uno solo, en una nueva criatura que habitaría para siempre en esta casa oscura.