Estar dentro de alguien es una sensación extraña. Nadar en sus fluidos. Tener la cabeza chocando contra sus intestinos y sentir que te quieren estrangular, un movimiento de serpiente a medida que la digestión hace su trabajo.

Es raro sentirse parte de otro. Ver su corazón latir, darle unos cuántos golpecitos para comprobar que realmente se mueve por obra y gracia del señor. Escuchar ese soplido constante que infla los pulmones. Si miras hacia arriba, se filtra la luz cada vez que se abre esa boca ajena, si miras hacia abajo hay una piscina de ácidos que tritura todo lo que caiga en ella, un río de lava humano. 

Si sigues más arriba. Puedes sentirte un explorador a través de varios túneles. Las orejas. La nariz. Si te posicionas detrás de los ojos, es como si miraras a través de un telescopio, enfocas objetos a kilómetros de distancia y puedes verlos. Detrás de ti, mientras observas puedes escuchar como el gran generador eléctrico lanza un rumor seco: miles de millones de conexiones infinitas se generan para mover ese cuerpo que te alberga. 

Te dejas caer a través de la traquea, colocarse un traje especial para no morir derretido en el mar de lava y esperar un rato. Si uno es tan indeseable para ese organismo, cosa que probablemente ocurra, en unos minutos sales expulsado en una potente flatulencia que te hace chocar contra una masa de agua. Tranquilo, lo más seguro es que el golpe te mate y allí tu vida acabará.