Cuando pienso en tu cuerpo, imagino que soy una gota de agua que recorre un desierto que guarda misterios, placeres y un oasis para alimentar mis deseos, mi felicidad y mi amor. En el desierto de tu cuerpo soy una gota que cae cada cierto tiempo por la lluvia, me guío por el brillo de tus ojos negros que parecen dos planetas o dos lunas que guían mi camino en las noches frías, silenciosas y riesgosas.  

En tus ojos me he reflejado millones de veces, me encuentro y me pierdo en ellos cada vez que me topo con ellos y, desde allí sigo mi camino enamorado por esas dos constelaciones. Bajo humedeciendo tu cuello y la frontera de tus hombros, esos hombros que parecen dos obras de arte moldeadas por la brisa, allí he imaginado tantas cosas por esas dos joyas que me han atontado a tal punto de estar seguro que la perfección existe. 

Sigo bajando por tu pecho, y allí, encuentro las dunas más hermosas que he visto. Redondas, acariciables y coronadas por unas puntas marrones que se confunden con tu piel, tan parecidas a dos pedacitos de miel que provoca lamerlos para alimentarme de su néctar y su sabor espectacular, en esas dunas me he perdido tantas veces en mis noches de soledad que sin duda, son mis dos predilecciones. No me quiero ir de allí pero continúo mi camino por ese cuerpo suave, lleno de curvas, de lunares rojos y pedacitos de placer que guardas para mí.

Corro rápido, me escondo en tu ombligo para ver el paisaje, las dos dunas que dejé atrás en el horizonte y tus ojos siempre guiando mi vida. Desde el ombligo caigo en el oasis de tu cuerpo, en el punto perfecto donde se combinan placeres, amores abriendo la puerta para crear vida. 

Allí como una gota, te humedezco, te recorro y siento esa zona suave, profunda y extensa como un mar, un mar que quiero navegar día y noche para perderme y evaporarme feliz por el calor de tu vientre y regar, con amor y placer ese desierto, para convertirlo en el paraíso perdido de nuestra vida.