Estaba bella como siempre. Tan niña. Tan frágil. Tan inocente. Pero yo sabía la verdad. En su interior había un demonio. 

Esa tarde al salir del trabajo la esperé como siempre. En mis manos había una rosa roja, la tercera que le regalaba a lo largo de toda la relación y en mi boca, una sonrisa sincera que ocultaba la tristeza que me estaba recorriendo las venas a tal punto de sustituir a mi sangre. 

La saludé con un beso en la mejilla, la abracé como nunca antes y tomé su mano guiándola al lugar donde, como le dije horas antes, le ofrecería el paraíso y olvidaríamos los días anteriores. 

Caminamos como dos infantes a través de la ciudad, compartiendo el silencio con el ruido de los carros, las maldiciones de los conductores tras el volante y el murmullo ensordecedor de la ciudad que nunca duerme. 

Llegamos a la puerta de la Iglesia abandonada, allí por primera vez en mucho tiempo la miré fijamente a los ojos y le pedí lo que toda mujer quiere en la vida: ¿quieres casarte conmigo?. Ella, como siempre, se quedó muda sin darme respuestas pero asumí que aceptaba la propuesta.

Cruzamos la nave principal de la estructura. Como en una película, nuestra imaginación borró la nube de polvo y vimos a nuestras familias a cada lado del pasillo; sonriendo, aplaudiendo y los más románticos, llorando sin poder contener su emoción.

Yo sujetaba con fuerza la mano de mi futura esposa sin saber qué hacer, volteaba de reojo a mirarla y ella caminaba impávida hacia el altar. En mi cabeza podía escuchar el gran órgano tocando el Ave María y cerca de él a una voz angelical interpretando "Ave maria...Mater dei...Ora pro nobis peccatoribus". Llegamos al altar y  allí, estaba el cáliz, la ostia, una corona y los anillos.

Tomé un sorbo de la "sangre de Cristo" y se la pasé a la que sería mi esposa en unos minutos, ella también bebió y sus labios quedaron como si fueran de sangre. Comimos de la ostia, le besé la frente y le coloqué la corona. Ella no sonreía, como siempre, no denotaba ningún dejo de felicidad o cambio de humor.


Atraje su mano hacia mi y le coloqué el anillo en su dedo anular, como si escuchara al inexistente padre le susurré al oído: - Acepto-. Ella finalmente sonrió con malicia, pude interpretar sus pensamientos: - Ya es mío-. 
En el momento en que ella buscaba mi anillo, saqué de mi espalda una pistola y sin pensarlo le disparé en la frente, su cabeza dio brinco hacia atrás y el fogonazo iluminó la casa de Dios como si un millón de velas estuvieran encendidas. 

La miré y aún tenía la misma sonrisa, tenía que sacarle la malicia. Descargue en su pecho varios disparos que fueron como los flash de las cámaras que tomarían las fotos de nuestra boca. Me incliné, la besé en los labios y le crucé las manos en su pecho destrozado por la pólvora. Salí de allí repitiendo en mi mente una sola cosa: -Te amo, hoy, mañana y siempre, siempre tuyo...-